15 de septiembre de 2014

Remembranzas de Escazú

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SEPTIEMBRE 2014


Mario Roldán Delgado
En el año 1976, un tiempo después que decidiera dejar los estudios en el Liceo de Escazú, donde cursé hasta tercer año, comencé a trabajar en el Cine Escazú como rotulista, siendo más tarde también boletero y en ocasiones desempeñando los cargos de misceláneo y operador de cine. Allí laboré por unos 10 años hasta que la sala de cine fue cerrada.
En mi mente permanecen aún los inolvidables momentos con mis amigos tomando fotografías, películas de cine súper 8, en montañas y potreros, encaramados en árboles y techos con mi hermano Marco y mi primo hermano Carlos Delgado (Cameo) —de grata memoria— y sus hermanos Rolando, Ademar y Rita y un grupo de amigos del vecindario.



JUNIO 2014


Tomado del periódico El Ferrocarril
4 de octubre de 1878

El deseo de aspirar el delicioso aroma de los campos obligan al ciudadano a salir, muchas veces, sin giro determinado en busca de gratas impresiones que brinda la naturaleza con sus caprichos y sus galas.
Érase el domingo 15 de setiembre: convidé al amigo N. y nos dirigimos a La Sabana que es el recreo único de la capital; cual nos vimos para atravesar la calle de la ciudad al panteón: el fango estaba por toneladas y nuestras bestias se fatigaban algún tanto en un trecho tan corto, después de haber tomado algunos sorbos de lodo, ¡qué anomalía!, nos decíamos, una tan hermosa acera al lado de un camino, si puede llamarse así ese lodazal tan hondo y peligroso.



JUNIO 2013


Tomado del Diario de Costa Rica
21 de agosto de 1930

Se dijera que una indolencia tropical silencia a los hijos de Escasú, quienes no suelen cantar las bellezas naturales de su pueblo ni los adelantos que el tiempo y la civilización le proporcionan.
Sin embargo, lo que parece una pereza musulmana no es sino resultado de una tesonera y silenciosa actividad. Y, fruto también de una modestia característica de los escasuceños. Todo lo cual no quiere decir que este villorito centenario carezca de encantos naturales, así como de progresos y acontecimientos diarios que den motivo a crónicas constantes, si así quisiera hacerse.



MARZO 2013 (B)


Marco Antonio Roldán
Reventando películas. En las décadas de los años 70 y 80, el Cine Escazú tenía fama de que las películas se reventaban mucho, es decir, la película se cortaba en plena proyección y tenían que parar y volver…
Los empleados del Cine Escazú. Mucha gente que asistió al cine por los años 70 y 80, quizás recordarán a algunos de sus empleados más famosos: Rafael Ujueta (Bartolo), quien por varios años trabajó como recibidor de boletos…
Los “llenazos” en el Cine Escazú. Con algunas películas muy taquilleras de los años 70 y 80, el Cine Escazú vivió verdaderos “llenazos”, como por ejemplo, cuando se exhibió La Guerra de las Galaxias, Kin Kong y La Niña de…




MARZO 2012


Tomado del Diario de Costa Rica - 17 de septiembre de 1940
Allá, a lo lejos, en las faldas de los cerros de la Piedra Blanca; en los vallecillos multicolores, rivalizan los maizales, los cañaverales; los potreros y los frijolares, en el arte mágico de matizar el fondo del paisaje con los mil tonos del verde.
El paisaje es animado por el reverberar deslumbrante del sol, por tenues nubecillas que, asomando entre los riscos, acusan el escondite de juguetonas y cantarinas aguas de manantial...



JUNIO 2011


Jorge Montoya Alvarado
La pulpería es uno de los espacios más antiguos que hemos tenido los costarricenses desde la época colonial.
Son lugares de mucha importancia histórica, porque han jugado un papel en la constitución del entorno de nuestra nación y, por ende, de Escazú.
La vida cotidiana en nuestras comunidades siempre ha girado alrededor de las pulperías no solo en la prestación de servicios al cliente, sino como lugar de reunión de diferentes personas: servía de correo...



FEBRERO 2008


Marco Antonio Roldán
Aquella singular plaza de fútbol, ubicada frente a la iglesia de San Miguel Arcángel, en pleno centro de Escazú y que otrora fuera el centro de grandes encuentros futbolísticos, hoy inspira añoranzas a jugadores y aficionados escazuceños quienes, irremediablemente, la vieron desaparecer en 1976 para convertirse en parque.



FEBRERO 2004


Luis Gómez Cucalón
Revisando papeles viejos y fotografías ya amarillentas por el paso de los años, me encontré con un retrato de 72 muchachas escazuceñas, vestidas de vírgenes, que lucieron de esta manera durante el Congreso Eucarístico, celebrado en nuestro cantón en 1948.



MAYO 2002


Marco Antonio Roldán
Escazú en tiempos de antaño fue un lugar muy visitado por veraneantes de San José, que se venían a pasar la temporada de verano en este lugar, incluyéndome a mí.” Así comienza contándonos doña Lydia Sartoresi Patiño, algo de su vida y su relación con el Escazú pasado.



ABRIL 2002


Panchita Flores Valverde
Cuando era jovencita, allá por la década de los años cuarentas, recuerdo que cada 29 de septiembre, a las cinco de la mañana, me despertaban las atronadoras bombetas y la banda tocaba las alegres dianas por las viejas y céntricas calles empedradas del centro de Escazú.




Vivencias de juventud

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Mario y Carlos en una montaña de Escazú, 1977


Mario y amigos en un potrero camino a Puente de Mulas, 1978.


Artículo principal - Edición No. 313 - Septiembre de 2014

Mario Roldán Delgado

En el año 1976, un tiempo después que decidiera dejar los estudios en el Liceo de Escazú, donde cursé hasta tercer año, comencé a trabajar en el Cine Escazú como rotulista, siendo más tarde también boletero y en ocasiones desempeñando los cargos de misceláneo y operador de cine. Allí laboré por unos 10 años hasta que la sala de cine fue cerrada.

En mi mente permanecen aún los inolvidables momentos con mis amigos tomando fotografías, películas de cine súper 8, en montañas y potreros, encaramados en árboles y techos con mi hermano Marco y mi primo hermano Carlos Delgado (Cameo) —de grata memoria— y sus hermanos Rolando, Ademar y Rita y un grupo de amigos del vecindario.

Entre los principales protagonistas de nuestras aventuras —aparte de los ya mencionados— estaba mi vecino Aarón Gómez (Arinko), quien era el fotógrafo exclusivo y sus hermanos Carlomagno, Eduardo y Ruth, junto a las primas de ellos, Esther y Marta Marín.

Se sumaban al grupo los hermanos Jorge y Carlos Sandoval y su primo Mario Miranda (Carey), Tobías Brenes (Tobis), William Hernández (Doble U), Osvaldo León (Ovi), José María de Sárraga y Carlos Cartín, con los cuales recorrimos muchos kilómetros caminando o en bicicleta cuando íbamos a jocotear a Santa Ana o sino entrábamos por Guachipelín caminando hasta llegar a Puente de Mulas y salíamos a San Antonio de Belén y de ahí al balneario Ojo de Agua, un sábado o domingo.

Las cogidas de café

Cuando llegaba la época de la cosecha de café, varios amigos, vecinos y los primos nos apuntábamos a recolectar el grano de oro y así ganarnos un dinero extra, que en ese entonces pagaban 3 colones la cajuela.

La cajuela es una medida estándar equivalente a 12,9 kg de cerezas frescas de café y los canastos de bejuco tenían en promedio esa capacidad. En mi caso personal, en una jornada de 6 a.m. a las 3 p.m., recolectaba unas 5 o 6 cajuelas. Algunas personas muy rápidas podían coger 14 cajuelas, y aún más.

Nos levantábamos a las 4 a.m. y emprendíamos el camino estando aún oscuro, antes de la primera luz del alba, rumbo a alguno de los tres cafetales de Juanico Ramírez, cuyo mandador era Manuel Herrera, y posteriormente, Aniceto Bermúdez (Cheto).

En el cafetal era usual encontrarse con uno que otro obstáculo, entre ellos arañas, avispas y gusanos que picaban muy duro; entre los gusanos más temidos estaban los denominados ratón, perico y ciprés.

Una de las advertencias que daba el mandador de la finca, era que se cogiera solo café maduro, si se recogía algo de verde, al final lo obligaban a sacarlo y dejar solo el maduro. La excepción era la “repela” o final de cosecha donde se permitía coger verde y maduro.

Asimismo, estaba prohibido quebrar ramas y si por accidente se daba el percance, al final del día, cuando se medía el café recolectado, se le aplicaba un rebajo en el pago.

Los nombres con que conocíamos esas fincas cafetaleras eran El Perico, El Monte y donde Lolo; los dos primeros estaban ubicados en la montaña y el último muy cerca del distrito centro.

Para llegar al cafetal de El Perico, el cual tenía el recorrido más largo, llegábamos al cementerio Quesada y bajábamos hasta entrar a la calle del Jaboncillo, en el trayecto cruzábamos por los potreros en los que había muchos árboles de guayaba y, más adelante, pasábamos por la conocida calle de La Ventolera, hasta llegar a una ermita abandonada en el mismo sitio donde hoy se levanta el restaurante El Monasterio. Desde ese punto, seguíamos un trecho por la montaña hasta llegar a la finca.

En otro sector de la serranía, había un cafetal que le decían El Monte, que estaba más o menos unos dos kilómetros arriba de la escuela del barrio Corazón de Jesús, pero nosotros tomábamos la ruta más corta, por el lado de la urbanización Vista de Oro; llegando a este lugar había un río con una hermosa catarata muy alta, cubierta por la frondosa sombra de los árboles. En el recorrido nos encontrábamos con árboles de jocote y guaba, matas de tacaco y plantas de güisaro, que era una fruta roja pequeña.

El cafetal más céntrico quedaba por la desaparecida finca La Rosalinda, subiendo unos 300 metros del cementerio Zúñiga y que era conocido como donde Lolo.

En ocasiones fuimos al cafetal de Sadot Venegas, camino al Bebedero y de regreso a casa, ya entrada la tarde, pasábamos a los trapiches aledaños a pedir sobao o cachaza.

Las diversiones y paseos

En diversas oportunidades filmamos películas a color actuadas con mi cámara de cine súper 8, primero fueron cintas mudas y luego con sonido; nos divertíamos sobremanera creando argumentos y jugando de actores de cine.

Las mejengas después de la escuela en frente de la casa y en plena calle no podían faltar, en donde la mayoría de los muchachos del barrio participaban.

Jugar trompo o bolinchas a la vuelta de la esquina de lo que fuera la pulpería y cantina La Veranera, en la calle de tierra, formaba parte de nuestro sano esparcimiento, junto a otros juegos como escondido y salve la banca.

En esa época los ríos eran muy limpios y se podía encontrar ciertas formas de vida acuática: peces (barbudos, olominas, etc.), cangrejos y ranas.

Todo ese ambiente sano era una invitación para nadar en las pozas, donde además cortábamos varas de caña de bambú y saltábamos de piedra en piedra, usándolas como garrocha.

Entre las pozas que recuerdo estaba la del Canasto, que quedaba en Bello Horizonte, pasando primero por un trillo cerca de la inmensa piedra del Pico de los Leones; había una llamada la de Miguel Ángel, ubicada 100 metros este del centro comercial El Oriente y otra denominada la poza de Tula que quedaba 100 metros oeste del bar Los Reyes, cerca del puente.

En el distrito de San Rafael estaban otras pozas que también visitábamos a menudo, como la famosa poza del Piñal, el Túnel y el Brinco.

Nos gustaba mucho ir a acampar en tiendas de campaña a la Piedra Blanca, la Cruz y Bebedero de Escazú, cuando todo era tranquilo y no había tanta delincuencia como ahora.

Los paseos a La Cruz de Alajuelita eran fascinantes y un grupo de amigos iniciábamos la caminata hacia la montaña tomando la ruta desde la Guardia Rural de San Antonio hacia el sur o por la calle de Los Filtros.

La belleza del paisaje, el aire puro, la fauna y vegetación, regocijaban nuestros sentidos y nos deleitábamos comiendo una deliciosas frambuesas silvestres que abundaban en el lugar. Además, aprovechábamos para bañarnos en las limpias aguas del río que está al pie de la cima.

Al llegar a nuestro destino, la enorme Cruz de Montecristi, de acero sólido y 27 metros de altura, inaugurada el 19 de abril de 1933, nos recibía imponente y todos se sentaban a su alrededor para disfrutar del sabroso almuerzo o merienda que traían consigo, donde no faltaban los sanguches de frijol y huevo y un refresco natural o una Coca Cola litro para saciar la sed.

Ciertamente fueron tiempos mejores y muy diferentes, pues teníamos más lugares, libertad y entereza para hacer esas actividades sin temor. De esos gratos momentos, hoy solo quedan los buenos recuerdos en nuestra memoria, reviviendo una etapa de la historia que nunca volverá.

Revisado y complementado por Aarón Gómez y Marco Roldán

Mario en el cafetal donde Lolo, antes del amanecer, listo para empezar la faena del día, 1976.


Mario y amigos trepados en una torre de electricidad ubicada cerca de Vista de Oro, 1976.


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15 de junio de 2014

Un viaje a Escasú

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Artículo principal - Edición No. 312 - Junio de 2014

Tomado del periódico El Ferrocarril
4 de octubre de 1878

El deseo de aspirar el delicioso aroma de los campos obligan al ciudadano a salir, muchas veces, sin giro determinado en busca de gratas impresiones que brinda la naturaleza con sus caprichos y sus galas.

Érase el domingo 15 de setiembre: convidé al amigo N. y nos dirigimos a La Sabana que es el recreo único de la capital; cual nos vimos para atravesar la calle de la ciudad al panteón: el fango estaba por toneladas y nuestras bestias se fatigaban algún tanto en un trecho tan corto, después de haber tomado algunos sorbos de lodo, ¡qué anomalía!, nos decíamos, una tan hermosa acera al lado de un camino, si puede llamarse así ese lodazal tan hondo y peligroso.

Llegamos a la Mata Redonda, como la llama mi compañero y me preguntó si sabía del proyecto famoso de establecer en aquella hermosa planicie una ciudad, lo que me pareció una mala idea bajo el concepto de que todas las poblaciones de alguna consideración necesitan de esos campos abiertos que sirvan de recreo y de solaz a sus habitadores.

Después que llegamos al extremo dirigiendo la vista a esa encrespada montaña que se mira hacia el sur, interrogué a mi amigo qué nombre tenía y si había alguna aldea o caserío al pie, me dijo que la nombraban Carácas o Piedra Blanca y que estaba la Villa de Escasú a su base, ¿está lejos? –dista una media hora de camino– vamos allá, quiero conocer.

Continuamos nuestro viaje, observé la dureza del terreno sobre que íbamos, y me maravillaba la feracidad que contenía al ver aquellos hermosos y bien formados plantíos de café que se hallan a la derecha, lo mismo que el que a la izquierda están concluyendo de formar entre el follaje de aquel extenso potrero; si bien de vez en cuando el riesgo que corría de romperme una pierna, me privaba de recrearme en esos bellos campos cultivados.

Proseguimos, cuando en eso mi compañero me llamó la atención diciéndome: aquel es el proyectado camino que está trazado entre Escasú y San José: unos cuantos miles de pesos se han invertido ya, y la obra está en veremos. El S. Gobierno donó un magnífico puente de hierro: los escasuceños se sacrificaron para colocarlo y ha quedado burlado porque el camino no se lleva a efecto.

Y ¿cómo? ¿Pues no tienen colocado el puente? –Sí, pero Ud. bien sabe que los pueblos a proporción que son más dóciles y más sencillos, sirven de instrumento, y de pábulo a ciertas autoridades que se gozan en burlarse de ellos y en sacrificarlos a su antojo. Le probaré esta verdad: ¿ve Ud. ese puente que vamos a pasar? Es el de “Los Anonos” que debiera llamarse el de “Los Bobos” –Ve Ud. aquel bastión?, pues bien aquí tres distintas veces han hecho trabajar al pueblo en tres distintos puentes…

–Espera, espera hombre, ¿cómo te atreves a pasar montado? ¿No ves ese animal que se resiste?

Un frío glacial se apoderó de mi al vernos colocados a una altura de 40 a 50 pies pues sobre un mal puente sin parapeto ni dique de ninguna especie que pudiera favorecernos; nos desmontamos y pasamos nuestras bestias de diestro que estaban espantadas al verse en aquel formal precipicio.

Pues bien, aquí se van construyendo ya tres puentes a costa de este pueblo vecino, los han esquilmado como han querido, han perdido dinero y trabajo, ha habido puente que antes de concluirlo se ha desmoronado al río, pues como Ud. sabe en todas partes hay ingenieros adocenados y en Costa Rica es donde se hace fortuna en esa profesión, basta decir ego sum y ya se tiene un consumado inteligente; aquí han aglomerado los vecinos piedra canteada, cal, y cuando han visto es que la trasladan a otra parte, sin que el pueblo sepa de orden de quien ni en qué concepto y las cuentas al cielo, y aun dinero en caja para la misma obra, se ha ido lo mismo que la piedra.

–¿De suerte que ahora es el cuarto impulso?

–Cabal, pero ya el pueblo ha perdido la fe, la confianza, y ese es un verdadero mal, pues cuando se sustraen y malgastan los fondos a vista y paciencia de todos sin tener derecho a decir media palabra, los pueblos se retraen y niegan su contingente.

En esta conversación pasamos un trecho de camino pésimo, enteramente descuidado, sin desagües y con arroyos de agua por él, que día por día lo inutilizan más; grandes trechos de calzada deshechos, y en fin, próximo a que sea motivo justo de clausura de relaciones.

Arribamos a la villa con regular barro encima y nuestras cabalgaduras con un color especial que no era propio de ellas, tenían unas diez manos de pintura térrea a la acuarela.

Casas a la antigua como las de Cartago en sus arrabales, despertaron más mi curiosidad: mas allá una que otra de aspecto moderno pero de mal gusto, se mal delineaban en las primeras tortuosas calles de la población: algunas piedras regulares convidan al geólogo a un estudio y al policía a removerlas. En fin, llegamos donde Fidel; cruzamos en dirección a la plaza y aquí fue Troya, caímos a un fango que mejor será no describirlo, pues si él circulara la villa, sería un foso formal inexpugnable.

(Continuará) M. Alonso


Notas del presente artículo:

  • Con excepción del nombre “Escasú”, la ortografía de algunas palabras se modificaron al español moderno.
  • En la foto de portada se observa una línea férrea que era del tranvía que existía en esa época y que pasaba por La Sabana.
  • La segunda parte de este artículo de momento no se encuentra disponible en los archivos del Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI).



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15 de junio de 2013

De la vida de Escasú

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Casa que estaba ubicada 100 metros sur del cruce de San Rafael de Escazú y que perteneció a doña Emilia Saborío. La época es alrededor de 1950. 
Foto de Carmen Odio


Artículo principal - Edición No. 308 - Junio de 2013

Tomado del Diario de Costa Rica
21 de agosto de 1930

Se dijera que una indolencia tropical silencia a los hijos de Escasú, quienes no suelen cantar las bellezas naturales de su pueblo ni los adelantos que el tiempo y la civilización le proporcionan.

Sin embargo, lo que parece una pereza musulmana no es sino resultado de una tesonera y silenciosa actividad. Y, fruto también de una modestia característica de los escasuceños. Todo lo cual no quiere decir que este villorito centenario carezca de encantos naturales, así como de progresos y acontecimientos diarios que den motivo a crónicas constantes, si así quisiera hacerse.

Quienes, desde el río de Los Anonos —lindero con la capital—, hasta la empinada y famosa Piedra Blanca han recorrido y admirado este pedazo de suelo costarricense, tendrán que reconocer que su naturaleza produce sugestiones que bien pueden dar base a la inspiración del más insensible artista.

Fuentes por doquier que se deslizan presurosas entre sus lechos pedregosos e inclinados; jardines de multicolores plantas que aroman el ambiente; plantíos esmeraldinos: cafetales que a veces lucen su traje de un verde refrescante, otras se visten con su albo velo de innúmeros jazmines, cuando no con el rojo de hermosísimas cerezas, que tal semejan sus frutos ya maduros; cañales que se extienden por todas partes y son veneros de riqueza; potreros donde pacen hermosos ejemplares vacunos; verdes maizales que ondean como océanos, mecidos por las brisas, etc.

Luego extendemos la vista hacia la serranía que circunda el caserío, “tacita de flores en medio de una arqueología simbólica de épocas coloniales” —que dijera el filósofo Vicenzi; nuestra imaginación se va tras la ruta que sigue la mirada, hacia la cumbre de los cerros, alturas que cortan en forma irregular la extensión terrestre para incrustarse de lleno, atrevidamente en el zafiro firmamento o en el albo regazo de las nubes; sentimos el deseo incontenible de hollar las cimas, en una ansia inexplicable de conocer lo que se oculta tras el telón natural de esas montañas.

Su importancia industrial

Mas dejemos a un lado la parte propiamente poética, de paisajes clásicos y vamos a lo práctico, a lo que produce vida, a lo que es motivo de la fama de este hermoso pueblo.

Con una población total de 5113 habitantes solamente, Escasú es en cuanto a industrias y agricultura, uno de los lugares más ricos y de mayor progreso, especialmente comparado con otros pueblos cercanos. Unicamente hacia el oeste de la República, con especialidad en la provincia de Alajuela, existe el empuje y desarrollo que se notan en este lugar.

En lo industrial es Escasú uno de los más aventajados lugares; tómese en cuenta que posee más de veinte fábricas de dulces y panelas en producción, varios aserraderos, descascadoras de arroz y café, talleres mecánicos, jabonerías, fábricas de velas, varios importantes establecimientos comerciales, fábricas de escobas, de carretas.

Nueva industria: Ocres y pinturas

Y ahora ha venido a enriquecerse este engranaje industrial con una nueva empresa: la fábrica de ocres y pinturas recientemente establecida a iniciativa de los profesores don Abel Meléndez y don Miguel Perera.

La fábrica a que nos referimos, si bien es cierto que aun no está en completa explotación comercial, llenará en breve una gran necesidad nacional; cual es del abaratamiento de esos artículos con la competencia que pondrán a la importación de los mismos productos extranjeros. También creen los fundadores que puede producirse tiza de todos colores, igual que oxido de zinc o blanco de España, cosas esas que también nos vienen del exterior, a altos precios siempre.

Esta nueva industria local fue establecida en octubre del año pasado con un capital para principiar de dos mil colones dividido en acciones de cien colones cada una; sus principales accionistas por ahora son los señores Meléndez y Perera citados, (este último, como el primero, es fuerte en conocimientos químicos del ramo de pinturas), don Benjamín Zúñiga, Presbítero don Manuel Zavaleta, don Benjamín Herrera, don Honorio Arias y don Rafael Monge.

Hemos visitado el taller, instalado en la espaciosa casa del señor Meléndez y desde el principio pudimos vislumbrar que algún día, la humilde fabriquita de hoy, será una fábrica de grandes producciones en pinturas. Por de pronto sus propietarios instalaron las máquinas y enseres rudimentarios, tales como la muela, los tamices, los molinos pulverizadores, los tanques de sedimentación, el distribuidor, la batidora, etc.

Conversando con don Abel, entusiasta investigador de tierras y piedras de calidad comercial, así como de metales y yacimientos petrolíferos desde hace muchos años, este caballero nos dijo: “Soy optimista de la nueva industria; ese modo de ver las cosas lo baso en lo siguiente: en Costa Rica existen grandes y magníficas vetas de tierra industrialmente laborables, buenas como las más para pinturas de agua y de aceite, así como óxidos en gran cantidad, lo mismo que curiol, que abunda en Guanacaste.”

Por lo pronto hay en la fábrica “El Cigoñal”, de Meléndez & Co. una cantidad regular de productos en ocre y pintura de aceites, que se irá aumentando proporcionalmente a nuestras posibilidades. Solo nos falta, para entrar en actividad comercial, agrega el señor Meléndez, un contingente en acciones, de unos quinientos dólares para adquirir maquinaria e ingredientes necesarios.

Y así, agrega sonriente ese discípulo de Emerson y Marden, lo que hoy ve usted aquí, será una gran fábrica moderna: la trilla que fue al principio manejada por una pobre bestia que murió de debilidad y cansancio, y que hoy es manejada por nosotros los dos maestros a brazo limpio y arremangado, y la tierra que es traída de las montañas en incomodas carretas, serán manejados y acarreados mañana por grandes maquinarias, cuyo canto se mezclará con el de los alegres obreros, para bendecir al trabajo y a la naturaleza.

Nota: En esa época Escazú se escribía con “S”, por lo que se respeta la ortografía original




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15 de marzo de 2013

Recuerdos y anécdotas del Cine Escazú

Una historia de 40 años. El Teatro Escazú se inauguró el 10 de agosto de 1946. Luego se le llamaría Cine Escazú. En los años 1986-87 se cerró la sala y se reabrió en 1992, funcionando por menos de un año hasta su cierre definitivo.

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Mario Roldán Delgado, en sus años como operador del Cine Escazú.


Artículo secundario (B) - Edición No. 307 - Marzo de 2013

Por Marco Antonio Roldán

Reventando películas

En las décadas de los años 70 y 80, el Cine Escazú tenía fama de que las películas se reventaban mucho, es decir, la película se cortaba en plena proyección y tenían que parar y volver a montar la cinta. Luego, cuando desocupaban el rollo tenían que pegarla con una goma especial.

Esta situación se presentaba con cierta frecuencia y, en ocasiones, dependiendo del estado de la película se podía reventar dos y hasta cinco veces, y en casos más extremos, diez o más. La razón era que las máquinas del cine eran muy antiguas, pues eran como de mediados de siglo, y para variar a veces las cintas venían con el escamado (borde) dañado y eso hacía que se reventara con más facilidad.

Cada vez que se presentaba este problema, la gente empezaba a golpear las sillas, a silbar y a decir: “Hijos de tales, devuelvan las cinco cañas” y a proferir otras ofensas y vulgaridades. Aquello era todo un escándalo, sobre todo cuando ocurría muy seguido.

Quien escribe este artículo (Marco Roldán) trabajó en ese cine como enfocador cuando era un chiquillo, es decir, con un foco guiaba a la gente a buscar un asiento cuando ya había empezado la función, y no era raro que alguno me dijera: “no hay zorros.”

Los empleados del Cine Escazú

Mucha gente que asistió al cine por los años 70 y 80, quizás recordarán a algunos de sus empleados más famosos: Rafael Ujueta (Bartolo), quien por varios años trabajó como recibidor de boletos y misceláneo, y a quien algunos muchachos molestaban y ofendían —sin tener ninguna culpa— cuando se empezaba a reventar muy seguido la película. Ese mismo cargo fue ocupado más tarde por Jorge Solís (Sí Seños), Marco Ramírez, Pedro Sandí y otros.

Un empleado que trabajó por largo tiempo fue Mario Roldán, quien se desempeñó como rotulista, boletero, misceláneo y en ocasiones como operador de cine. Siendo muy joven, el autor de esta reseña trabajó como enfocador y boletero en los días libres.

También trabajaron como operadores de las máquinas de cine: Marvin Angulo Flores y su hermano William (q.d.D.g.), Antonio Aguilar (Toño), William Lara (Pepis), Mario Buzo, José Carlos Solís, Alexander (Chico), entre otros.

Las viejas máquinas, marca Holmes, no usaban lámparas para proyectar la película, sino que funcionaban con un sistema de dos carbones, que al unirse producían una luz muy potente.

En ese entonces los propietarios del Cine Escazú eran los señores Julio Carro Mora y Carlos Luis Fernández (don Memo), ambos de grata memoria, y que además eran dueños del Cine Santa Ana.

La sala contaba con una confitería que estaba a cargo de doña Betty Bustamante León, una ejemplar señora, quien por medio de su pequeño negocio sacó adelante a sus tres hijos y a sus padres doña Rafaela León y don Carlos Bustamante (Bolita).

En su famosa soda, que se mantuvo por 40 años, vendía todo tipo de golosinas, gaseosas y unos deliciosos helados caseros de sabores de coco, frutas, cas, natilla, leche agria, crema, etc.

Los “llenazos” en el Cine Escazú

Con algunas películas muy taquilleras de los años 70 y 80, el Cine Escazú vivió verdaderos “llenazos”, como por ejemplo, cuando se exhibió La Guerra de las Galaxias, Kin Kong y La Niña de la Mochila Azul. A pesar de que la sala contaba con dos plantas y con capacidad para unas 400 personas, el espacio resultaba insuficiente para la cantidad de gente que se aglomeraba afuera formando una larga fila.

El cine contaba con sillas de abrir y cerrar que se colocaban en lo pasadizos y cuando éstas ya no alcanzaban, algunos veían la función de pie.

Cuando se presentaban películas para adultos —que eran una caricatura comparadas con las actuales cintas pornográficas— era común ver cantidad de menores de edad que se paraban cerca de la boletería con la esperanza de que los dejaran pasar. En ocasiones, uno que otro lograba pasar a “escondidas”, burlando la vigilancia de los policías que llegaban a controlar que solo ingresara gente con cédula.

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Entradas o boletos del Cine Escazú de 1976 a 1986, época en la que el boletero era el Sr. Mario Roldán Delgado.


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15 de marzo de 2012

En Escasú es donde más conservan las fiestas su sabor criollo

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Artículo principal - Edición No. 303 - Marzo de 2012

Tomado del Diario de Costa Rica
17 de septiembre de 1940

Allá, a lo lejos, en las faldas de los cerros de la Piedra Blanca; en los vallecillos multicolores, rivalizan los maizales, los cañaverales; los potreros y los frijolares, en el arte mágico de matizar el fondo del paisaje con los mil tonos del verde.

El paisaje es animado por el reverberar deslumbrante del sol, por tenues nubecillas que, asomando entre los riscos, acusan el escondite de juguetonas y cantarinas aguas de manantial. Leves espiras de humo se cuelan por entre las pajas con que están techadas las chozas dispersas al azar, perseguidas por los caminillos que serpentean sin respeto a las reglas que los civilizados se imponen para hacerse la vida incómoda en las ciudades, tratando de poner en líneas rectas la que solo debería obedecer a la suprema geometría de la Naturaleza.

Distínguense caminos rojos, más formales, que surcan las laderas y allá, cerrando el horizonte, que no es vasto por ser bello, yérguense los cerros que coronan el encanto de una tierra dulce, fresca, alegre, vigorosa...

Brilla el sol esplendoroso. Es domingo y el pueblo está de fiesta. Desde San Antonio bajan alegres grupos de campesinos que lucen trajes de vivos y llamativos colores. Charlan regocijados alrededor del asunto que los trae al pueblo y tejen un programa de ilusiones para todo el día. Vienen al turno de San Miguel, Santo Patrono de Escasú.

Y la fiesta arranca de EL TOPE, ¡el número inicial, imprescindible, necesario! Es la nota sobresaliente del turno de San Miguel, escena de sabor profundamente tico, de cautivadora sencillez, de emocionante belleza. Ante el espectáculo, el espíritu se desnuda de preocupaciones, desanda las edades y se coloca en los tiempos de aquella vida, feliz y apacible de nuestros abuelos.

Es la hora de EL TOPE. El turno es para recaudar los dineros que han de aplicarse a honrar, en la medida del entusiasmo, del fervor católico y de la generosidad de los escasuceños, al Santo Patrono San Miguel. Hay afán de superación: boyeros apuestos, luciendo sus trajes de gala; yuntas de fornidos bueyes que exhiben pacientemente las vastas manchas de sus pieles, el lujo de arte folklórico con que han sido decorados su yugo y su carreta, repujadas las fajas y alisados los barzones, van llegando de San Antonio, de San Rafael, del Centro con sus carretadas de leña bien seca y cortada; cargada con gusto, sin nudos ni vanos.

De antemano se ha señalado el sitio que han de ocupar las carretas de los diversos barrios y se ha determinado el punto de arranque del típico y hermoso desfile. Ya representa el señor Cura con sus ayudantes y seguido de una multitud que va encabezada por el Santo Patrono, llevado por varones cuya reverente actitud no desdice de su hombredad, de su elegancia o de su riqueza.

Se abre la marcha: lindas muchachas campesinas en compañía de señoritas principales, alardeando, sin estudio, de su belleza y de sus graciosos trajes, imparten sonrisas ingenuas, celebran los óbolos que van cayendo en las bandejas, espontáneamente, placenteramente, y son recompensadas de inmediato por las palabras de gratitud y de bendición que brotan de los labios del señor Cura o de los recolectores auxiliares.

He aquí un primer donante, un segundo, un décimo, un número 30, el número 65... Un joven que guía su yunta de alazanes con lazos de cinta roja en los cuernos; otro, de sombrero de paja típico risueño; aquel deja caer un billete en el azafate y pasa con su carretada de leña; este otro no da dinero, pero saluda a la concurrencia y señala la punta del CACHO en que uno de los bueyes es portador de un billete, no sabemos sí de cinco, diez o cincuenta colones; aquel con sus MAISOLES de enhiestas astas; el que sigue con una yunta de novillos que apenas se están amansando; uno que sobre la cumbre de su torre de leña trae montadas unas gallinas y un chiquillo para que las cuide; ese de más allá, trae una tuca de madera para aserrar o un palo de leña en bruto, de montaña.

Entre exclamaciones de alegría, aplausos para los donantes, se inicia la procesión. Trepida el suelo bajo el peso de las carretas; golpean las ruedas el empedrado colonial de las calles y semeja el ruido continuado un presuroso rodar de baterías que se disponen a entrar en combate. Rompen los aires los alborozantes acordes de una marcha ejecutada por la banda del lugar, y la música pareciera propicia al enardecimiento de un ejército henchido de furor guerrero... Mas no. Que esto es una explosión de entusiasmo y de alegría de un pueblo feliz, que enardece su patriotismo pero no para encauzarlo hacia la destrucción de la humanidad sino para sublimarlo en amor efectivo a su tierra, a su religión, a todo lo que es parte de su alma y alimento de su cuerpo.

Los aires se pueblan de ruido, de aromas venidos de la montaña, de música, y el eco repercute sin cesar produciendo en fantástico y jubiloso conjunto, la sensación de una inconfundible vida democrática, libre, sencilla, donde el aire es igual para todos; donde la alegría no es patrimonio de los escogidos; donde el amor es religión, porque solo él liga y RELIGA los corazones; donde la tierra, en amable consorcio con el hombre, da al hombre la vida precisamente porque él la acaricia y la riega con el sudor de su frente, haciéndose digno de la voluntad del Creador.

Todo es jolgorio. Se ha detenido la caravana que ya es cerco compacto alrededor de la plaza de Escasú. San Miguel y sus filiales de los pueblos vecinos han terminado su misión en la calle y entrando en su templo. Ya se oyen las marimbas que alternan en sus ejecuciones musicales con la banda, con las guitarras y los acordeones; ya se va a empezar el remate de la leña y se preparan las mil rifas que han de verificarse en todo el día; el restorán provisto de exquisitas viandas espera entrar en funciones, útiles a los visitantes y provechosas para San Miguel.

Y continuó el desfile de carretas, el desfile maravilloso de ese pueblo libre, inteligente, profundamente religioso, que sabe dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Nota: En esa época Escazú se escribía con “S”, por lo que se respeta la ortografía original




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15 de junio de 2011

La pulpería tradicional

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La Pulpería Ilopania, de Miguel Delgado (Leche de Cabra), ubicada en Escazú centro, es una de las pocas que aún conservan parte de su estilo original. Foto Mario Roldán.


Artículo principal - Edición No. 300 - Junio de 2011


Jorge Montoya Alvarado

La pulpería es uno de los espacios más antiguos que hemos tenido los costarricenses desde la época colonial.

Son lugares de mucha importancia histórica, porque han jugado un papel en la constitución del entorno de nuestra nación y, por ende, de Escazú.

La vida cotidiana en nuestras comunidades siempre ha girado alrededor de las pulperías no solo en la prestación de servicios al cliente, sino como lugar de reunión de diferentes personas: servía de correo, de noticia, de chistes, lugar donde se hacía el comentario deportivo, el político, se hacían chismes y bromas. La pulpería servía como punto de referencia para dar una dirección.

Generalmente estos establecimientos tenían dos puertas y una ventana al centro, con una banca extendida para conversar sobre diferentes tópicos, leyendas, tradiciones, trabajo cotidiano, apodos, etc.

En el interior, un largo mostrador donde no faltaba un gato y un radio donde se escuchaban los famosos tangos, música ranchera y los boleros de la época, incluyendo una pizarra donde se invitaba a bailes, reuniones, excursiones y partidos de fútbol.

Detrás del mostrador se encontraba el pulpero, casi siempre acompañado de su señora esposa, separados físicamente de los consumidores, pero en mayor relación interpersonal que en otro tipo de comercios.

Detrás del pulpero y a los ojos del cliente, el estante, donde había un amarillento rótulo que rezaba: “hoy no se fía, mañana sí”.

El estante estaba con afinidad de productos y artículos: sombreros, alforjas de mecate, rollos de cabuya, trompos, queso en polvo, sardinas en aceite y tomate, achiote, manteca de chancho, escobas, aguarras, guruperas, ollas, cazuelas, comales, salchichón negro, tapas y atados de dulce, candelas, fósforos, gacillas, alfileres, agujas, papel de carta “Congress”, betún, tabaco en rama, pan francés, galletas, bizcocho, quesadillas, enlustrados, cajetas, melcochas, cigarrillos amarillos “Víctor”, “Virginia”, “Piel Roja”, “Ticos”, “Dominó”, “Irazú”, “Royal”, “El Sol”, “Elegante” y “Meca”, jabón de chancho, jabón “Windsor”, pomadas, mentolato, anís, borraja, manzanilla, vino, frijoles, arroz, azúcar negro que se encontraba en un barril erizado de avispas… y muchos artículos más.

Sin embargo, lo que más interesa, no es solamente las cualidades físicas y los artículos que se vendían en las pulperías, sino las actividades que giraban alrededor de éstas, el movimiento de personas, el marco funcional, la repuesta al medio social y la simbolización cultural.

La pulpería es un espacio comunal donde se generan una serie de funciones de comunicación, donde se expresa la vida cotidiana y donde se preserva la historia oral de nuestras comunidades. Es un espacio de reunión, de conversación, de rumores o de un fresco de sirope después de una faena.

Por las mañanas era común ver en sus afueras, una serie de aros con sus respectivos ganchos, que eran vehículos utilizados por los niños, que servían para jugar y para hacer los mandados de la casa o algún vecino.

La “feria” que se daba al final de la compra, estimulaba mucho a los chiquillos y consistía en unos confites azucarados.

Los fines de semana la pulpería se encontraba rodeada de caballos, porque sus dueños estaban comprando el diario con el afanoso salario o jornal; sino se les podía hallar a la par, donde casi siempre funcionaba una taquilla o cantina que era el expendio del aguardiente.

Importante señalar que la mujer no está ausente en el proceso de convivencia armónica desarrollado en este recinto social llamado pulpería, espacio representativo de nuestra idiosincrasia.

“Recordar es vivir” y hablar de la pulpería es recuperar la memoria colectiva, la vida cotidiana de nuestro cantón, Escazú.

La pulpería es un lugar de anécdotas, de tradiciones y ensueños colectivos, de recuerdos y ocurrencias, en un espacio cultural que encierra una cadena interminable de situaciones vividas en el alma de un pueblo.

El arribo constante de modas culturales foráneas han penetrado en nuestra sociedad generando un gran daño a nuestra cultura local, donde violentamente la “libreta de fiado” es cambiada por la tarjeta de crédito.

Peor aún, las voces y expresiones de nuestro lenguaje popular han sido censuradas o aminoradas, al cambiar la pulpería por abastecedor, mini súper o supermercado...

Artículo cortesía de Periódico Escazú 2000
Octubre de 1999 - Título original: Nuestra Pulpería





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15 de febrero de 2008

La añorada Plaza de Escazú


Foto 1. Plaza de Escazú, 1971



Foto 2. Plaza de Escazú, 1971



Foto 3. Plaza de Escazú, 1971


Fotos cortesía Sr. Antonio Araya Aguilar

Artículo principal - Edición Nº 286 - Febrero de 2008

Marco Antonio Roldán

Aquella singular plaza de fútbol, ubicada frente a la iglesia de San Miguel Arcángel, en pleno centro de Escazú y que otrora fuera el centro de grandes encuentros futbolísticos, hoy inspira añoranzas a jugadores y aficionados escazuceños quienes, irremediablemente, la vieron desaparecer en 1976 para convertirse en parque.

La plaza, que por más de un siglo se utilizó como espacio de deportes, estaba rodeada por unos grandes árboles de higuerón y gravilia, que brindaban su sombra fresca y generosa a los aficionados que, por centenares, asistían los domingos a ver los partidos del campeonato de fútbol local, amistosos y de la Selección de Escazú.

Una muchedumbre de espectadores colmaba la explanada, rodeándola a todo lo largo y ancho, para ovacionar a sus equipos, mayormente cuando se jugaba el clásico Escazú-Santa Ana o una final de campeonato.

Mucho antes de iniciarse el fútbol organizado en Escazú, en los albores del siglo pasado, ya la plaza era utilizada para realizar mejengas, a pesar de que el campo de juego disponible era bastante reducido debido a un enorme galerón de turnos que existía en el centro de la misma.

En el año 1921 el ayuntamiento decide trasladar el galerón al costado sur del templo parroquial, por considerar que éste afeaba el aspecto del lugar, y en su lugar se construye un kiosco.

No obstante, dos años después, ante la protesta de vecinos que se quejaban de que el kiosco en media plaza continuaba siendo un obstáculo para el buen desempeño del fútbol, el mismo fue traspasado al costado norte, al frente de lo que hoy es la farmacia San Miguel, lográndose ampliar de una manera satisfactoria el área de juego.

Con esta flor en el ojal, se abre una brecha para la práctica del fútbol organizado en Escazú que, arrancando los años 20, ve nacer sus primeros equipos: el primer cuadro denominado “Los 11 Brujos”, el Club Sport Fénix y el Esperanza F.C.

Luego vendrían otros más que llenarían de gloria, honra y emoción el deportismo escazuceño: la Unión Deportiva Escazú, el Club Sport Acción Católica, Independiente de Escazú, Danubio F.C., Atlético Escazú, Deportivo Ricardo Umaña, Deportivo Macís, Deportivo Monestel, entre otros.

Por más de medio siglo, la plaza de Escazú fue el escenario de emocionantes partidos protagonizados por esos grandes equipos, hasta que en 1974 la construcción del Estadio Municipal de Escazú marcaría el principio de su inexorable fin.

En su libro Apuntes de Escazú, don Alvar Macís Guerrero describe así la nostalgia por la ausencia de la plaza:
“...así siguió desarrollándose el fútbol local, con sus triunfos y derrotas, con las alegrías y amarguras, con sus higuerones y gravilias, y también sin ellos, con la aparición de las aceras alrededor de la misma y la desaparición de sus poyos, todo en torno de una cancha que fue toda una verdadera epopeya histórica en la vida del deporte escazuceño y que al desaparecer para darle paso a la construcción del parque y ser trasladada su funcionalidad a otro nuevo campo deportivo, mucha gente del pueblo en forma bastante nostálgica sigue recordando todo ese tiempo pasado y en su añoranza lastimera, sin poder remediar lo realizado, exclama: «Al llevarse la cancha para arriba, murió Escazú.»




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15 de febrero de 2004

Algo magistral del Congreso Eucarístico


Fotografía tomada en el atrio de la Iglesia de Escazú.


Artículo principal - Edición Nº 260 - Febrero de 2004

Luis Gómez Cucalón

Revisando papeles viejos y fotografías ya amarillentas por el paso de los años, me encontré con un retrato de 72 muchachas escazuceñas, vestidas de vírgenes, que lucieron de esta manera durante el Congreso Eucarístico, celebrado en nuestro cantón en 1948.

Siendo arzobispo de la Arquidiócesis de San José el excelentísimo e ilustrísimo monseñor Víctor Manuel Sanabria y cura párroco de Escazú el presbítero don Antonio Forn, ambos de muy grata memoria, se celebró el “Año Santo” en 1950. Un tiempo atrás, se celebraron varios congresos eucarísticos en diferentes lugares del país, entre ellos, Escazú.

Setenta y dos muchachas, con sus trajes de virgen, dieron especial lucidez a este magno acontecimiento. Rebosantes de felicidad, con sus frescos, risueños y encantadores rostros; sus ensoñadoras miradas y sus jóvenes mentes, inundadas de dulces y azules sueños. Algunas de ellas son hoy madres, abuelas o damas solteras; otras ya fallecieron.

Entre las que puedo recordar, están: María Isabel Badilla, Xinia Quirós, Rosario Quirós, Lidiette Masís, Otilia Jiménez, Miriam Herrera, Ligia Herrera, Norma (Moma) Azofeifa, Sonia Azofeifa, Susana Ramírez, Hilda Zúñiga, María E. Flores, Flory Fernández, Gladys Bustamante, Carmela Roldán, Grace Segura, Austelina Bermúdez, María E. Torres, Margarita Forn, Ana Isabel Villalobos, dos hijas del finado Francisco (Pancho) Montoya, dos hijas del también fallecido Celio Vega, Carmen Saborío y otras que se escapan de la memoria.

Hoy, 56 años después de aquella gran celebración, y siendo yo más o menos contemporáneo de ellas, me siento impulsado a decirles a todas esas muchachas, lo que el inmortal Rubén Darío escribió en su poema titulado “A Margarita de Bayle”:

“...las quisiera para hacerles
decorar un prendedor
con un verso, y una perla,
y una pluma y una flor.”


15 de mayo de 2002

Un Escazú que no se olvida

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Puente de los Anonos en 1940. Esta antigua estructura de acero de una sola vía fue, por casi medio siglo, la principal vía de enlace entre Escazú y la ciudad capital. Se construyó en 1929, durante la administración de don Cleto González Víquez (1928-32) y se encuentra sobre el río Tiribí. En 2003 se remodeló a dos vías. A mediados de los años setentas pasó a segundo plano al construirse la primera etapa de la autopista Próspero Fernández.

Artículo principal - Edición Nº 240 - Mayo de 2002

Marco Antonio Roldán

“Escazú en tiempos de antaño fue un lugar muy visitado por veraneantes de San José, que se venían a pasar la temporada de verano en este lugar, incluyéndome a mí.” Así comienza contándonos doña Lydia Sartoresi Patiño, algo de su vida y su relación con el Escazú pasado.

Doña Lydia es una respetable señora de 97 años de edad que reside en Escazú desde hace más de tres décadas, no obstante, nuestro cantón lo conoce desde niña, pues en época de vacaciones escolares acostumbraba venir junto con sus padres y sus cuatro hermanas a pasar el verano aquí, para lo cual alquilaban un pabellón de la vieja escuela del centro que hacía las veces de hotel.

Doña Lydia residía en ese entonces en el barrio González Lahmann, lugar situado hacia el sur de la estación del ferrocarril al Atlántico, en San José, y recuerda que alrededor del año 1918, cuando su familia y ella se disponían ir a Escazú a pasar las vacaciones, “tomábamos el tranvía que venía de San Pedro y nos dejaba en La Sabana, allí alquilábamos un caballo en una caballeriza que existía en el mismo lugar donde estuvo el colegio La Salle. En ocasiones preferíamos irnos a pie.”

En esa época, para trasladarse de San José a Escazú y viceversa, debía hacerse a pie o en caballo, pues aún no existía el servicio de buses.

Una calle de tierra era la que en ese tiempo comunicaba a Escazú con San José y un pequeño puente sobre el río Tiribí facilitaba el acceso entre ambos lugares, encontrándose éste en el mismo lugar donde hoy se halla el pequeño puente del bajo Los Anonos.

Dada la cantidad de veraneantes que llegaban a Escazú, los escazuceños, especialmente los que vivían alrededor de la plaza, alquilaban sus casas como si fueran hoteles, y mientras tanto, quizás —nos dice doña Lydia— se iban a vivir a la finca de algún familiar.

Algo que nunca se me olvida —nos comenta— es la belleza de la antigua plaza (actual parque), “era algo lindo, una pequeña planicie rodeada de hermosos árboles e higuerones.”

Recuerda también que en Escazú habían muchos trapiches, y que los veraneantes, incluyendo a su familia, eran invitados los sábados por los dueños de los trapiches a observar la “molida”, como así se le dice al proceso de extracción del jugo de la caña de azúcar, y esa “molida”, acompañada de música de guitarras, la dedicaban especialmente a las veraneantes.

En Escazú hubo en ese tiempo muchos sembradíos de maní, producto que era muy barato, pues por 10 céntimos se podía adquirir una bolsa grande.

Doña Lydia dice haber conocido a don Benjamín Herrera, a quien cariñosamente le decían “Tío Mín” y lo define como una persona maravillosa, además de que asegura que todos los que lo conocieron han de pensar igual que ella.

Esto ha sido tan solo una breve reseña de las remembranzas de una josefina, que hace más de treinta años decidió venirse a vivir definitivamente a Escazú, y que no oculta en su manera de expresarse, el encanto que le produjo nuestra tierra escazuceña durante los días de su juventud.

15 de abril de 2002

Las dianas de mi pueblo

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Una calle de Escazú centro en 1946. En esa época algunas calles tenían un caño atravesado. La casa de la izquierda se mantiene incólume hasta el día de hoy.


Artículo principal - Edición Nº 239 - Abril de 2002

Panchita Flores Valverde

Cuando era jovencita, allá por la década de los años cuarentas, recuerdo que cada 29 de septiembre, a las cinco de la mañana, me despertaban las atronadoras bombetas y la banda tocaba las alegres dianas por las viejas y céntricas calles empedradas del centro de Escazú.

Desde la antevíspera del día del santo patrono San Miguel Arcángel, los viejos hornos de barro chispeaban como rojas amapolas, donde se calentaban hasta “burburiar” y luego con escobas de tuete o uruca se barrían para asar los ricos bollos de pan y las doradas ojalrras de maíz.

En grandes ollas de barro se cocinaba el famoso pastel de chayote sellado con una inmensa tortilla que servía como tapa, adornada con hoyitos de achiote que simulaban bolitas rojas, que nuestras madres llamaban las caras del pastel.

¡Qué fiestas! ¡Qué sabor a pueblo viejo! Las calles de piedra, las casitas de adobes pintadas de azul y blanco, con su jardines y enramadas, llenan nuestras almas de recuerdos nostálgicos.

Como olvidar a nuestras mamás, durante esos días de fiesta, con sus delantales engomados y sus largas enaguas, sirviendo el almuerzo, la sopa de gallina o el picadillo a sus seres queridos o a algún vecino que era invitado a la casa.

Las doradas tortillas de maíz, palmeadas con sus prodigiosas manos, se ponían alrededor del moledero; el café casero se servía con su pan y bizcocho y uno que otro trago de chirrite. No podían faltar los chistes, que entre risas y carcajadas, nos divertían antes del juego de pólvora, en aquella festividad pletórica de güipipías.

Aún me parece escuchar aquellas marimbas y melodiosas guitarras ocultadas en la enramada de bambú de los famosos “chisperos” y la curiosas señoras que, con una oscura toalla, se escondían en las esquinas a ver bailar a mujeres como Martina Cancha, Petra Venada, Rosa Japia, Panchona y otras, y entre cigarro y cigarro de papel amarillo le daba casi la madrugada.

El propio día de la fiesta patronal, después del mediodía se podía disfrutar de la banda y los disfraces, razón por la que nadie se quedaba en casa. Toda la gente se reunía en la antigua plaza y disfrutaban de las ricas comidas, juegos callejeros, tómbolas, el repique de las campanas y de los borrachitos y enamorados. Nadie tenía tiempo para acordarse de la pobreza o la tristeza.

Estas remembranzas que nunca podré olvidar, las viví en mi juventud, en la aurora de mis sueños dorados, donde el amor era sincero y sin malicia, donde se sentía del viento su caricia y del joven su respeto y fineza.

Bendito sea mi querido pueblo donde tanto disfruté, en tiempos buenos y malos, años divinos que no pasaron en vano, y hoy, a mis setenta y cuatro años, en un nuevo sendero de mi vida, puedo disfrutar con alegría y bienestar, compartiendo vivencias como si volviera a empezar.

Correción de estilo: Marco Antonio Roldán

15 de agosto de 2001

Remembranzas / Página 2

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JULIO 2001


David Castro Marín
En los años de mi infancia, allá por 1930, los caminos y calles de Escazú eran casi todos de tierra y solamente del puente Los Anonos al puente Las Lajas —límite entre Escazú y Santa Ana— y del cruce de San Rafael al centro de Escazú, eran de *macadán.



AGOSTO 2001


David Castro Marín
Con el propósito de llevar algo para ser vendido el día del turno patronal, los hombres se echaban el hacha al hombro y con su cuchillo de picar leña al sinto, se dirigían a la montaña donde cortaban unos grandes árboles, partiéndolos en tucas de unos 3 metros de largo, las cuales algunos labraban o las dejaban tal y como estaban.



ABRIL 2001


Luis Gómez Cucalón
Todos soñábamos, dormidos y despiertos, con ilusiones, esperanzas, embelesos preñados de furtivas y traviesas miradas puestas en los rojizos y redondeados cuerpos y en los sonrientes y sonrosados rostros de las chiquillas que visitaban las pozas de ese lejano entonces.



MAYO 1998


Marco Antonio Roldán
En la tranquilidad de la noche arrecosté mi cabeza sobre la almohada, y en pocos minutos caí en un profundo sueño. Empezaron a aparecer imágenes que me hacían sentir en otra época. En vez de haber nacido en 1967, había llegado a este mundo en 1893; todo ello formaba parte de un sueño, pero que era muy real.



JULIO 1996


Marco Antonio Roldán
Eran los singulares tiempos de antaño. En nuestro Escazú todo era diferente a hoy día. Una atmósfera de tranquilidad envolvía cada rincón del pueblo.
En la década de los años treinta existió en nuestro cantón lo que se conocía como la “barra” escazuceña. Era un grupo de jóvenes no mafiosos, que se reunían para contar chistes e historias, bromear o simplemente pasar un buen rato.




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